Entre Querer u Odiar al Presidente Rodrigo Chaves

Recientemente tuve una discusión moderada con uno de mis hijos, quien forma parte del grupo que repudia abiertamente al presidente de nuestro país. Me sorprendió cómo muchos de sus argumentos carecían de una base sólida. A veces eran simples juicios sin fundamento, repitiendo frases hechas o ideas vagas que se escuchan por ahí.
Ante la constante avalancha de noticias y la reciente huida del país de algunos personajes clave de la “ecuación maligna”, me puse a pensar: ¿Será que soy chavista? ¿O será que simplemente no puedo seguir tolerando el sistema podrido que los partidos tradicionales han montado, con sus múltiples tentáculos y alianzas solapadas?
He llegado a una conclusión: muchos de los que desprecian al presidente no me saben decir algo concreto. Me hablan de su cara, de su forma de hablar, de su sarcasmo, de su “pachuquismo”, hasta de sus dientes. Pero casi nadie ha podido señalarme algo puntual, verificado, comprobado con sus propios ojos. Es decir: lo odian por cómo es, no por lo que ha hecho.
Y yo me pregunto: ¿Acaso lo elegimos para que nos caiga bien o para que sea simpático en televisión? ¿O lo elegimos para que tenga el coraje de sacudir el avispero que nadie se atrevía a tocar?
Sí, tal vez su estilo es brusco. Tal vez es sarcástico, incómodo, hasta irreverente. Pero lo que pocos quieren reconocer es que está diciendo en voz alta lo que por décadas se ha dicho en susurros. Está gritando lo que muchos sabíamos pero temíamos decir: que nos habían domesticado, acostumbrado al robo, al descaro, al “escándalo de tres meses” y al olvido conveniente.
No, no pongo las manos al fuego por él, ni por ningún político. Como decía mi madre: “Todos somos buenos hasta que el vil dinero nos tienta”. Pero lo que sí reconozco —y agradezco— es que está moviendo a los inamovibles. Está sacando de sus guaridas a los chupasangres que por décadas nos han desangrado.
Y gracias a eso, hoy al menos un 80% del país ya no puede mirar para otro lado. Hoy le agradezco que esté enfrentando, con valentía, a una red de poder corrupto, disfrazada con trajes y corbatas, que ha sumido al país en el caos y está matando a nuestros jóvenes en las calles. El poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe más. Y por eso es vital que no permitamos jamás que vuelvan a consolidarse las estructuras que nos robaron la esperanza, los recursos y el futuro.
Yo no soy chavista, pero sí reconozco la valentía. Y por ahora, le doy el beneficio de la duda a quien se atreve a decir las verdades que a muchos nos incomodan y que nos ayudó a abrir los ojos ante tanta maldad y corrupción.
Admiro su valentía y realmente me molesta y me parece que existe una enorme falta de respeto hacia él. No hacia la persona solamente, sino hacia la figura que representa. Lo elegimos como pueblo, lo pusimos ahí para que nos represente, para que nos defienda. Y aunque no sea perfecto (¿quién lo es?), hay que reconocer que ha tenido el valor de mover el nido de serpientes. Ha sacudido estructuras intocables durante décadas, esas que operaban con total impunidad mientras el pueblo callaba por costumbre o resignación. Le guste a quien le guste, ha despertado conciencias y ha abierto una posibilidad de cambio real. Eso merece, como mínimo, respeto. Y como pueblo, también merece que dejemos de juzgar por apariencias o estilos, y empecemos a evaluar por acciones concretas.
Escrito por Carmen Patricia Chavarría
Comenta en Facebook